Amor en XII actos. Acto V: Los idealistas

domingo, 14 de septiembre de 2008

La propuesta había salido de la nada, como todo lo que entre ellos se hablaba. De una especie de nube de pensamiento común del que bebían sus palabras. Logrando que nunca reinase el desacuerdo entre ellos. No era difícil conseguir que los compañeros de Saúl se mudaran. Pero eso no bastaba. Al fin y al cabo, ellos eran los idealistas.

Los idealistas se distinguían por ser fieles a un solo ideal. Sólo uno, porque no era posible serlo a dos al mismo tiempo. Un ideal era como tu novia, no como tu mejor amigo. Aunque a diferencia de las novias, los ideales quedaban al margen de la cama. Pero al igual que ellas, no podían ser compartidos. Por ello cada uno de los idealistas debía tener su propio ideal.

El ideal de Saúl era "la defensa del caos y el desorden en las relaciones humanas". Había llegado a la conclusión de que todas las relaciones se estaban enladrillando mediante la utilización de conceptos abrasivos para definirlas. A modo de ejemplo, declaraba que nunca podrías pasear a tu novia o tener un hijo con tu perro. Saúl era poseedor de un sentido lógico aplastante. El ideal de Roy, en cambio, era "la reivindicación del olvido como parte activa y protagonista de la memoria". Consideraba que la mejor forma de honrar un recuerdo era darle una muerte digna. Así que en los pocos ratos libres que su dieta de ocio le permitía, se dedicaba a limpiar el mundo real de los restos que trascendían desde el mundo interior del recuerdo. Borraba palabras grabadas en árboles y bancos, cambiaba los nombres de los que había perdido de vista en las conversaciones dotándoles además de habilidades y experiencias ajenas y a menudo extraordinarias. Silvio pensaba que la mejor forma de definir el ideal de Roy era "la defensa del caos pasado". De todos modos, Roy nunca había admitido esa expresión, aunque no la había desestimado, pues aseguraba haberla considerado en diversas ocasiones.

Silvio se enteró de estos ideales una tarde, en una tetería, fumando marihuana. Hasta ese momento pensaba que ya era un idealista. A partir de ese momento supo que no lo había sido hasta entonces. Cuando él también hubo de elegir un ideal y declararle fidelidad eterna. Apenas lo pensó un segundo. Y respondió que su ideal era Lucía Seoane. Saúl y Roy se miraron un segundo y sonrieron al escucharlo. Silvio, que justo unos segundos antes se acababa de convertir en uno de ellos, entendió perfectamente. Había sido aceptado. Su ideal era original y diferente, perfectamente válido. Su naturaleza divergente se justificaba por el hecho de haber sido el tercer idealista, nombrado con una diferencia temporal considerable. Y todos sabían que los tiempos cambian y con ellos las costumbres y los ideales.

La naturaleza de los ideales de cada uno de ellos definió el método de expulsión de los ya antiguos inquilinos del piso de Saúl, cuyo nombre era el único que figuraba en contrato. Saúl les intentó agredir sexualmente mientras gritaba que debían abrir su mente a los nuevos conceptos de relación entre compañeros de piso, mientras Roy rociaba sus pertenencias con gasolina y Silvio les acusaba a gritos de no parecerse en nada a Lucía. Salieron corriendo, salvando algunos enseres indispensables. No medió ninguna denuncia. Es de suponer que no querían mantener ningún tipo de relación con los ya nuevos inquilinos.

Y de este modo los tres idealistas se fueron a vivir juntos. Y el piso de Saul pasó a llamarse "El ideal común". Si bien más adelante cambiarían su nombre por el de "El bien común", al considerar que llamar ideal al piso podría constituir una infidelidad de pensamiento.

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Amor en XII actos. Acto IV: Mariposas blancas

sábado, 13 de septiembre de 2008

Mariposas blancas besaban las flores en los Jardines de Méndez Núñez. Se preguntaba por qué tantas mariposas blancas y ninguna negra. Quizás el sol habría derretido sus alas y habían caído al mundo de los gusanos, tan cerca de la hierba. Quizás ahí descansaban, sin llegar a estar muertas, pero sin testigos de vida. Se preguntó, en fin, si las personas, como las mariposas, estábamos predestinados por el color de nuestras alas a la soledad o a la ligereza del aire que las movía. Debían ser unos bichos felices, porque era imposible mirarlas sin devolverles una sonrisa.

Caminaba por caminar, un paso que sucede al otro y dejaba vagar su mente sin dirección programada. Era mediodía, más o menos. Primavera. Lo cierto es que hacía tiempo que no llevaba la cuenta de los días y apenas la de las horas. Cansado de las rutinas, simplemente programaba la hora de levantarse y la de entrar al trabajo en la Astoria. El resto del día fluía, sin demasiadas preocupaciones.

Había hecho un par de amigos en la facultad de Derecho. Eran mayores que él y casi nunca iban a clase. En lugar de carpeta llevaban un rollo compuesto por diferentes piezas de apuntes superpuestas unas con otras. A cinco páginas de Derecho Natural les seguía una de Derecho Civil II, o quizás una mezcla de Penal y Procesal, alternando casi siempre con folios en blanco, con algún que otro dibujo en los márgenes. Eran como el residuo de su condición de estudiantes, el único vestigio que luchaba por desprenderse y que quizás nunca lo hiciese.

Se hacían llamar los idealistas, a fuerza de llamárselo a sí mismos constantemente. Silvio no preguntó la razón, ya que seguramente ni ellos mismos la sabrían. Cuando no estaban juntos, el más alto respondía al nombre de Saúl y el más bajo al de Roy. Tenían la capacidad de saber lo que pensaba el otro. De modo que muchas conversaciones tenían lugar mediante aparentes silencios, a los que Silvio iba accediendo poco a poco.

Había empezado a salir con ellos, mezclados los tres entre un heterogéneo conjunto de amigos que incluía gente de todos los cursos, de todas las carreras y grados medios. Ellos llevaban la batuta del grupo, aunque no la reclamaban. Simplemente la tenían. Era una cuestión de presencia y sobre todo de ingenio.

En cuanto a ella, la veía de vez en cuando. Le gustaba estar leyendo, solo en la biblioteca, y verla pasar con su grupito de amigas, siempre risueñas, siempre perfectas. Todo el mundo las conocía como las lobas, aunque nadie se lo decía. Pero seguramente lo sabrían y es probable que les gustase. Jugaban con los chicos a su antojo y en equipo. Cuando alguno se les acercaba en la biblioteca, que aventajaba claramente a la cafetería como el centro social de la institución, ellas le agarraban del cuello con una mano colectiva invisible, emulando al principio una caricia hecha de sonrisas forzadas para zarandearle finalmente mediante bromas retorcidas y risas estridentes. Cuando el pobre se daba cuenta de que le estaban tomando el pelo, le quedaba la respiración justa para marcharse avergonzado.

Silvio pensó que admiraba esos modos elegantes pero crueles, mientras veía como el sol se filtraba doblemente entre un abrazo de nubes bajas y árboles altos. Se sentó en el único banco que estaba libre, sacó un libro de cuentos de Chéjov del bolsillo y comenzó a leer. Al cabo de un par de minutos alguien se sentó a su lado y le preguntó "¿Qué lees?". Silvio contestó distraído. "Un cuento". "¿Y de qué va?". "Bueno, por ahora va de un viejo verde que quiere follarse a una jovencita".

Al decir esto último hubo de levantar la vista hacia el frente, y por el rabillo del ojo observó que sentado junto a él, mirándole directamente, estaba Lucía Seoane. Había imaginado que se pondría nervioso, que sudaría, que no sabría que decir, pero no sintió nada. Salvo un molesto cosquilleo en el aire que se filtraba hacia sus pulmones. Nada que no pudiese solucionar respirando con más energía. "Creo que te conozco... de vista... estudias Derecho". No pudo evitar percibir el gesto de malicia en su cara cuando contestó.

Quince minutos después caminaba. Y cuanto más trataba de recordar la conversación que siguió al "sí, es posible que me hayas visto en Derecho", más se mareaba. Sentía un revoloteo que ascendía desde el estómago, a través del pecho, cruzando el cuello hasta batir sus recuerdos en un suave y alegre murmullo. Trataba de contenerlo, de redirigirlo hacia la boca. Pero era inútil. Tenía la sensación de que era lo único que le sostenía en pie. Flotaba. Atrás dejaba a Lucía y sus jardines, desiertos ya de mariposas blancas.

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Amor en XII actos. Acto III: Relojes de lluvia

martes, 9 de septiembre de 2008

Habían pasado exactamente ocho meses, dieciséis días, trece horas y veinticinco minutos. El corazón aceleró hacia delante, sufriendo por no poder cambiar de marcha, para detenerse en un súbito, empotrado contra la mirada de Lucía. Subía al autobús distinguido por la letra E de univErso. "Mi mundo se sube a su universo, un solo verso y de nuevo me olvida". El gran auto rojo hacía tiempo se había escondido tras la esquina Plaza Pontevedra con Juan Flórez cuando Silvio pudo arrancar de nuevo algún sonido a su pecho.

Se sentó en un banco de la plaza, con los latidos al ralentí, los labios secos, los ojos planos. Mirando a los coches pasar como ajenos enajenados, y los peatones ignorantes. Le pareció que todos formaban parte del mecanismo de un reloj y deseó gritar que se parasen, que andasen hacia detrás hasta girar la manecilla del sol apenas medio suspiro, pero no dijo nada. Sabía que no le harían caso, el sol tan invisible tras las nubes, ellos tan inertes de carne e inercia. Tan mirando hacia delante, nunca hacia arriba, nunca a los lados. Estúpidos. "Y allá al fondo está la muerte, y os vais muriendo de miedo".

Y como un segundero otro autobús con la E se paró frente a él. Subió, rumbo al campus universitario. Pidió mudo al conductor que siguiese a la otra E, que procurase acercarse con los focos apagados, manteniendo una distancia segura. Se sentó y miró por la ventanilla. Afuera comenzó a llover. Con violencia.

La lluvia caía demasiado fuerte, demasiado a plomo. Pero en la Coruña siempre llueve. Como una ciudad construida hacia arriba de regueros de agua fría, por los que asciende la monotonía de la gente hasta engrisar el techo de nubes. La lluvia que limpia las calles limpia con ellas sus transeúntes. Y cuando ha arrancado suficiente hastío, despeja el cielo. Y la gente lo ve y sonríe. Dicen que porque pocas veces brilla el sol. Pero es una sonrisa de tranquilidad, de los que intuyen que las nubes se han llevado el pecado de su rutina.

Silvio se bajó en el campus y siguió a la mayoría. Como un autómata más, pero sin carpeta. Facultad de Derecho, leyó en un rótulo azul. Se sentía incómodo. Abrumado y empapado. Descolocado. La biblioteca se alzaba ocupando todo el ala derecha del recinto, tras una cristalera, en una estructura de tres pisos de madera en contraste contra los tres pisos de hormigón en los que se disponían las aulas. Silvio fue hacia allí, tomó asiento en el tercero, sacó un libro de bolsillo para disfrazarse de estudiante. Parapetado. Observando el ir y venir entre palabras vacías pero vivas que no alcanzaba a escuchar, sobre palabras muertas que no alcanzaba a leer en su vieja edición de Guerra y Paz.

Cuatro horas de espera. Cuatro horas de vigía sobre la misma página 356 hasta que la vio. Ella salía. Y él la siguió. De nuevo hasta la parada. Compartieron al fin univErso. Y Silvio quedó prendado de la rutina de Lucía. De su horario de estudiante de mañana. Espiando callado los restos de conversaciones rotas. Contento de tener al fin un clavo que le sirviese de guía. Aferrado a él aunque ardiese. Aunque le quemase las manos.

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Amor en XII actos. Acto II: La abstinencia.

lunes, 8 de septiembre de 2008

Tomás, dueño de la Astoria, no le dio importancia al principio. Tampoco a los dos meses. Ni a los cuatro. Aunque con el paso de los días la figura del chico fue contaminándose del afecto que tenía a todo el establecimiento. No era de extrañar. Cualquiera diría que alguna clase de magnetismo obligaba a Silvio a sentarse siempre en la misma silla, ver el reflejo de la misma plaza a través de la misma luna. Llegaba siempre a la misma hora, las cinco de la tarde e invariablemente cinco horas después se marchaba.

Este cariño contagioso desembocó en las primeras palabras que el regente intercambió con él. "Cómo es que pasas tanto tiempo aquí sentado, chico?". Aunque al principio Tomás se tomó la respuesta con desconfianza, el "porque estoy enamorado" conmovió su corazón. Alguien podía querer más ese sitio que él mismo. Los mejores cafés, las más de las veces pagados por la casa, el sitio siempre reservado, cualquier cosa para hacer que su cliente más fiel estuviese siempre satisfecho. De modo que la segunda vez que se abrió el diálogo entre ellos, a la pregunta de Silvio "Qué hay que hacer cuando estás enamorado?" Tomás sólo pudo responder "Desde luego, no quedarte sentado". Y así fue como Silvio comenzó a trabajar en la cafetería donde la había visto por primera vez.

Silvio compartía territorio con un perroflauta, que le toleraba bajo la intuición de que sus intereses divergían. Le llamaba el astrónomo. Ya que el tiempo que Silvio no pasaba en su casa o en el Astoria, se dedicaba a vagabundear mirando hacia arriba, por la calle que la había visto marchar aquella tarde, sujetando la esperanza de verla aparecer en una de las ventanas, o quizás más arriba.

Una noche, a eso de las doce, el perroflauta lo encontró sentado en el suelo, sin mirar al cielo. Dejó el cartón de vino y la flauta sobre el asfalto y se retrepó con naturalidad contra la pared, balanceando el cuerpo como acomodado en una mecedora invisible y sin que mediase invitación alguna, comenzó a hablar:

"Sabes, he conocido muchos yonkies. Muchísimos, y en el fondo sabes qué? Son todos unos llorones. No entienden la belleza de ser drogadicto. El síndrome de abstinencia, tío. Porque las drogas nunca se van del todo. Puede que no estén en la sangre, pero quedan como un resíduo de lo que eres. Bueno, en realidad quedas tú como un residuo de ellas, sabes?

Así que es en ese punto de dolor, en el que se te muestra su verdadera violencia. Porque después puedes superar el problema, tío. Yo lo hice. Varias veces. Pero entonces es todo tan frío, tan sin vida, tan sin sentido. Has estado fuera del mundo y cuando vuelves, todo es un coñazo aséptico de dimensiones desproporcionadas. Así que a veces merece la pena plantarse otro viaje. Largarse de nuevo. Y cuando lo aceptas. Cuando aceptas lo que eres... es todo un placer tan jodidamente decadente que no tiene precio. Da igual lo que suban. Cómo dijo aquel, soy como esos viejos lobos de mar, que no buscan más que el sabor de las olas...

Yo sé que ellos no lo entienden, sabes? Lo sé, y no voy a convencerles. Son como Boby, sonríen pero porque no se enteran de nada. Pero creo que tu me captas el rollo. Porque no paras de mirar al cielo, tío. Estás jodidamente girado. ¿No tendrás suelto, verdad?"

Silvio se levantó, le dio las gracias, todo el dinero que tenía encima y se marchó.

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Amor en XII actos. Acto I: Como perro flaco

domingo, 7 de septiembre de 2008

Como perro flaco, orinando esquinas poco recurridas, haciendo de intemperie casa, de ayuno comida. Así fue conquistándola poco a poco, desapercibido, en un ruego callado que embozaba un patetismo clamoroso.

Se enamoró de ella sin querer. De hecho, ella recordaría después con cariño la primera vez que habían cruzado palabra:

"Yo estaba sentada en la terraza de una cafetería de María Pita con mi amiga Vero y se me acercó con cara pena y me dijo que lo sentía mucho y se piró"

Pasaría mucho tiempo hasta que Lucía Seoane volviese a ver a Silvio Casas. Apenas unos segundos hasta que él volvió a verla a ella. Porque mientras marchaba giró la cabeza. El amor aún era débil, y tuvo sus primeras dudas:

"El sol se ponía, y la luz tras perfilar los tejados de las casas, le llegaba como enferma. Y su cara parecía roja. Desde cerca me había parecido muy guapa"

Desaparecieron con su segundo encuentro visual, ella camino de su casa, él escondido detrás de los soportales. Y nunca más volvería a dudar.

Es un misterio como Silvio reconoció su amor, porque nunca antes lo había visto. Había llevado una vida sin vida, dejándose arrastrar por los días como un niño del brazo de su madre. Y de repente los días le habían abandonado en medio de la primera noche después de Lucía.

Eran las cuatro de la madrugada y el sueño no venía. Quizás se confundió de habitación, porque su hermana no despertó hasta las cuatro de la tarde. Pero él no contempló ese detalle. Sólo pensaba en Lucía. Dibujaba su pelo sobre el aire con el dedo, preguntándose si el dibujo era perfecto o si la estaba engañando con el pelo imaginario de otra. Dibujaba sus ojos grandes y castaños, los miraba un segundo y volvía a dibujarlos pensando que se había olvidado algún detalle. Dibujaba sus labios, carnosos, e imaginaba que los besaba. Y no se cansaba de besar esos labios, sin moverse siquiera. Se preguntaba si ella sospecharía que la estaba besando, que la estaba besando sin que se diese cuenta. Y cuando terminaba el dibujo volvía a empezarlo, de nuevo su pelo, de nuevo su cara, de nuevo su cuerpo.

Así se contagió de la costumbre de dibujarla, hasta lograr prescindir del dedo, quedando tatuada en su retina. Y a las pocas noches sintió la necesidad de comprobar la exactitud del grabado. Se dio cuenta de que no sabía dónde encontrarla.

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Él y ella, el tiempo y la sonrisa.

miércoles, 3 de septiembre de 2008

Una floritura con el bolso. Un cambio de ritmo en sus caderas. Una sonrisa involuntaria. Y una ranura en cada ojo. Habían pasado dos años desde la última vez que la viera. Pero sentía que quizás se hubiesen quedado enganchados en algún rescoldo del tiempo. Y como una goma elástica de pronto retrocedieran. Lo sintió abajo, donde se siente todo. En el estómago. Un vahído de caída inesperada que le hizo aferrar sus manos a la barra.

Sintió fluir el rubor desde la raíz del pelo. Un púrpura relegado por una valija de preguntas hasta entonces inadvertidas. ¿Estaba más gordo? ¿Quizás se le veía más viejo? ¿Su ropa daría buena imagen? ¿Había realmente cambiado algo? Las analizó en silencio y a oscuras, como el profesional que ojea de un vistazo sus cartas pero sigue jugando con ellas en la cabeza, mientras con un impulso seco de un pie que semejaba de otro, liberó de apoyo su espalda y se dispuso a caminar hacia ella.

Cada paso era una tentativa refrenada de dar media vuelta. Ella estaba de espaldas, sentada frente a una de las diminutas mesas que decoraban la entrada al local y en las que nadie se sentaba, salvo que tuviese una razón de peso. Y el peso siempre está ligado a la razón, como lo ingrávido a lo imprevisible. Así que al sentarse frente a ella sus dudas quedaron en pie, mezcladas con el humo del cigarrillo que ella acababa de encender.

El tiempo se congeló. No como en las películas, la imagen fija en la pantalla y una voz en off. Sino como realmente el tiempo se congela, con un respingo, un coche que agarra un bache y lo empuja hacia abajo. Y hasta que de nuevo abraza tierra no vuelve a tomar la carrera, aunque sus ruedas giren en su suspenso más rápido. Las miradas de asombro, los saludos, las tópicas preguntas que no pertenecían a nadie y por tanto nadie reclamaba, se condensaron en esa gambeta temporal. De modo que cuando ella empezó a hablar, lo hizo con la naturalidad de la que ha dejado una conversación a medias.

Con tanta naturalidad que parecía que se la hubiese robado toda para exhibirla frente a él. Con esa media sonrisa que hace parecer a las mujeres amazonas de un pasado mitológico y a los hombres gilipollas. Él dijo a todo que sí. Que no. Quizás. Una carcajada. Pidió una copa a la camarera, amiga suya, amiga como lo son las camareras, con una amistad de oficio. Lo hizo para darse un respiro. Para pensar. Mientras ella continuaba charlando, animada por llevar las riendas. Conversando con su caballo.

Bebió. Testigo auditivo de un cuadro surrealista. Siguió bebiendo. Examinando cada detalle sin entender el posible conjunto. Le faltaba la intención del artista. Algo sobre una amiga y un hijo de puta, sobre una infidelidad, sobre la venganza, sobre viejos tiempos. Él tenía también algo que preguntar, algo que decir. Pero se lo había dejado tirado en algún sitio. Quizás en la barra, donde los borrachos intercambiaban ovillos de palabras despreocupadas. Y él no tenía ninguna.

La temperatura en esa zona era insoportable. Ningún tabique les separaba de los demás, y aún así tenía la sensación de que echando la mano hacia el resto, aún así, arrojándoles su mano con todas las fuerzas, no podría estirar el brazo. El sonido también. Tenía dificultades. Comenzaba a llegar ondulado, arrugándose y alisándose a los ruegos de los ademanes de su compañera. Que seguía sonriendo. Entre palabra y palabra. Todo iba bien. No, no iba bien. Nada bien.

Cerró los ojos, diseccionando en el fantasma de la impresión luminosa lo que no podía percibir en ese ser vivo de sombra que afuera se movía. Que reptaba por su espalda, por debajo de la camisa, queriéndole entrar por la boca. Caliente y pegajoso. Ella sonreía. Y sin embargo no lo hacía. Escrutó el desvanecerse de su cuerpo en colores rosas, verdes y lilas. La sonrisa se volvía una mueca de ira. Los gestos amigables puñaladas sobre el oscuro. Y entre sus piernas cruzadas se retorcía la naturalidad que le había robado. La copa.

Se levantó y dio un traspiés hacia delante. Le sujetaron entre varios. "Tranquilo amigo". "Dejadme en paz". Le empujaron hacia delante. Bien. Hacia delante. La puerta se acercaba dando tumbos, dudando, temblando. Él sólo quería llegar hasta allí. Afuera soplaría la brisa. Afuera podría respirar. Hacia delante.

Cayó antes de poder alcanzar el aire. Escuchó una voz. "Va conmigo". Otra. "Parecía drogado". La copa. Seguía allí, sobre la barra. Llena. Sintió otra punzada en el estómago. Un latigazo violento sobre las tripas. Llevó sus manos hacia abajo y lo notó perfectamente. Como si se hubiese taladrado la piel. Dos años corriéndole de improviso a través de las vísceras. Cerró los ojos.

Dos años corrieron de golpe. Y él sujetó la copa que le acababa de poner la camarera, su amiga. Pero decidió no tomársela. Ella se dio la vuelta y le sonrió desde su silla. Pero no sonreía. Con un taconazo seguro y propio de él se dirigió hacia la brisa, deshaciéndose de la barra, del local, de las piruetas temporales y de las dudas, que saludaron su paso, volviendo al humo del cigarro que ella acababa de encender mientras dirigía hacia la camarera una mirada inquisitiva. Con una media sonrisa que ya no escondía la ira.

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La, la, la (Bajo la lluvia)

lunes, 1 de septiembre de 2008

Caminaba bajo el aguacero, porque le recordaba a una película. Pensaba que le daba mayor peso al asunto. La chupa de cuero negro cicatrizada sólo en su mitad inferior. "Para dejar asomar los latidos", pensaba. La mirada penetrando cada vez que era asaltada por sí misma en cualquier escaparate.

Amanecía y aunque la melancolía se hacía patente sobre el color del cielo, sabía que una vez filtrada a través de los nervios sobre el recuerdo, reposaría allí para siempre. Con otro sabor para el que no tenía nombre. Pero que era cercano a la nostalgia de soledad.

Había un vacío en su pecho, un vacío pesado, que presionaba sobre la boca del estómago. En un par de ocasiones hubo de retener su camino para frenar con él alguna náusea. El interior de su boca contrastaba violentamente contra la humedad del ambiente. "Deseo ser esta lluvia", fue el nombre que le dio a su sed.

Caminó y caminó sin rumbo fijo, apoyándose de vez en cuando en una esquina, para prender un cigarrillo. Le complacía la ausencia de testigos, la inexistencia de espías ante su falta de cómplices. Hacía que su desamparo cobrase una dimensión mayor, más íntima.

Cavilando en nada en concreto y en un cuerpo al que no quería dar nombre se encontró de improviso en un parquecito con vistas al puerto. Se sentó en uno de los bancos. Sin ningún tipo de aviso las lágrimas aparecieron en su cara, dejando un rastro cálido en cada requiebro trazado, aliviado enseguida por el frío de los chispazos de lluvia que para su desgracia no transpasaban el umbral de sus pestañas.

Conectó el MP3 que llevaba en el bolsillo y se puso los cascos. Sabía de memoria todo el repertorio de más de dos mil canciones. Eligió Beautiful Ones, de Suede. Se levantó y empezó a bailar. Bajo un torrente de agua dulce que arreciaba por momentos, ajeno a toda compasión propia de un ser dotado de alma. Las gotas saltaban en círculos en su torno, mientras él gritaba un "la la la" desafinado por desgarro.

Ninguna chica pasó a su lado. Pero si nosotros la situasemos con la imaginación en el lugar para él habría pasado desapercibida. De todos modos, en la media hora que estuvo dando tumbos sin ningún sentido aparente, fue visto por una pareja de avanzada edad que se dirigía a la misa del domingo en una iglesia cercana. Ella hizo un comentario a su acompañante mientras aceleraba el ritmo de sus tacones: "Es bochornoso como algunos tiran su vida a la basura con las drogas". Él no respondió, domada su opinión por 40 años de convivencia. Pero para sus adentros exclamó certeramente: "Pobre, ha olvidado ya lo que es estar enamorada". Y apretando con cariño la mano de su esposa, con una sonrisa de simpatía pellizcada de envidia por el pobre loco que dejaba atrás, cruzó la calle perdiéndose en la lejanía. Mientras el tañido del campanario y el estruendo del diluvio palidecían frente al atormentado la la la.

Tributo a Suede. Tanto Blur y tanto Oasis, que vale, también FUERON la polla, pero... y Suede? Hasta se les nombra menos que a Pulp... en fin.

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