Primer Festival Bacardi Alter Coruña 2008

martes, 18 de noviembre de 2008

Este próximo 20 de diciembre tendrá lugar en Expocoruña, a partir de las 20:30 y hasta las 7:00 de la madrugada del día siguiente, el I Festival Bacardi Alter. Las entradas costarán 20 euros por anticipado y 22 euros en taquilla.

(.) Hasta este punto la noticia

A partir de este otro la especulación (.)




Son las 10:00 de la mañana (vaaaale, en realidad son las 12) (y media) y un Chema recién desayunado escucha música en su habitación. De repente (chan-chan-chan-chan), un evento de last.fm sacude su atención, desperezándolo definitivamente. Concierto Coruña: Vetusta Morla (mola) + Russian Red (mola) + CatPeople (no mola).

Una sonrisa se dibuja en su cara y siente la necesidad de compartir su alegría con todo el mundo. Hace un año habría llamado por teléfono a alguien, hace un mes lo habría puesto en su tuenti, pero ahora tiene un blog cada vez más personal. Así que decide hacer un post al repecto.

No encuentra ningún cartel del evento en google. Pero qué importa. Chema es un artista y se lo curra él solito. Precioso le queda.

Qué le falta, qué le falta, qué le falta... ah, sí, contrastar la noticia, buscar fuentes más fiables que la tal Paula_Abbey de last.fm fan de los Beatles, The killers y Deluxe.

Tragedia: la única referencia que encuentra es este el-blog-más-cutre-del-mundo sobre el evento. Más tragedia: ni rastro de Vetusta Morla ni Russian Red. En su lugar anuncia Lory Meyers, un grupo de Vigo y varios DJ's. En la página de expocoruña silencio, claro.

A partir de aquí Chema se lo toma más en serio y decide comprobar las páginas webs de los grupos. Ni Russian Red ni Lory Meyers mencionan A Coruña en sus calendarios. Pero Vetusta Morla sí. Y Vetusta Morla mola.

Esto lleva a pensar a Chema que quizás la fan de los Beatles, The killers y Deluxe tuviese información privilegiada, el tipo de el-blog-más-cutre-del-mundo sea un poquitín gilipollas y el cartel no haya sido en vano después de todo.

(.) y final de la especulación. Y de la tercera persona.

De todas formas da igual, porque al final si voy... seguro que voy solo. Esto de tener amigos con gustos divergentes a los tuyos... es muy duro.



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Mi yo publicitario

lunes, 17 de noviembre de 2008

La única y miserable vía de escape para mi creatividad el tiempo que estuve sin escribir fue hacerme fotos a mi mismo (sí, exacto, levantando la cámara con la mano izquierda mientras miraba al infinito con cara de tener algún tipo de síndrome indefinible) y transformarlas en intentos de anuncio de revista.

Lo sé, lo sé... son bastante lamentables, sugieren algún tipo de carencia afectiva... y sin embargo me encantan. Debo ser uno de esos desvergonzados practicantes de la egolatría, pero así habló Zaratustra: "Ámate a ti mismo, así te amarán también los demás":








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El ejercicio más enriquecedor de vuestras vidas

Este post está dedicado exclusivamente a lectores varones de entre 17 a 24 años. Os voy a proponer el ejercicio más enriquecedor de vuestras putas vidas. Cojed un espejo y contempladlo detenidamente, sin prisas. Deleitaros en la conceptualización de su naturaleza de dos caras. Porque si es un espejo normal, tendrá dos caras. En caso contrario, dejad el utensilio que hayáis cogido donde estaba y pedidle a vuestra mamá o a vuestro compañero de piso un espejo. Ellos sabrán a lo que os estáis refiriendo.

Ahora, sujetad el espejo con las dos manos, asidlo con fuerza para que no se caiga y elevadlo lentamente hasta que esté dispuesto a la misma altura que vuestra cabeza. A continuación alejadlo más o menos cuarenta centímetros (cuarenta veces vuestra propia polla). Y miradlo. Si veis negro no os asustéis, y sobre todo no soltéis el espejo, es muy probable que se rompa y luego alguien os diga que vais a tener mala suerte. Significa simplemente que la cara que estáis observando no es la adecuada. Dadle la vuelta, muy despacio. Si seguís viendo negro, encended la luz de la habitación. Bien, ahora sí, veréis una cara.

Esa es vuestra cara.

Memorizadla. Acostumbraos a ella. Aprended a recordar cada rasgo de los que la componen. Mirad alternativamente el espejo y el vacío hasta que seáis capaces de ver en ambos lugares la misma cara. Os costará algunos minutos. Pero podéis hacerlo.

La próxima vez que veáis una mujer y os aceche la tentación de giraros hacia mí para entonar algún tipo de frase que contenga la palabra "chunga" paraos. Respirad hondo. Contad hasta diez. Y mientras estáis contando, con mucho cuidado, recordad el rostro que había en el espejo. Esa es vuestra puta cara. Y os daré 5 euros cada vez que sea más bonita que la de ella. Gilipollas.

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Amor en XII actos. Acto IX: Araña de metal

sábado, 15 de noviembre de 2008

Como una gota de agua a través de la hoja de un estilete, su percepción se dividió en dos, reagrupándose de nuevo unos instantes más tarde. Y aunque todo seguía igual, nada era ya lo mismo. Porque en el corazón de su juicio permanecían las partículas remanentes de aquella doble perspectiva. Que tenían un gusto cercano al sabor metálico de la sangre que le inundaba el paladar, la lengua, los dientes y la garganta.

De la teoría a la praxis. Silvio pensaba hasta ese momento que le gustaba la vida porque era todo lo contrario de lo que realmente era. La apariencia perceptible por un observador objetivo, el estímulo cosechado por una ristra de nervios vírgenes... era el resultado involuntario de un tamiz formado de redes de palabras trenzadas por el visor lógico común a la gente cuerda.

No tenía nada que ver con la realidad de las cosas que explotaba millones de veces dentro de un segundo para engendrar el siguiente. La realidad de las cosas hilando, enviando sus impulsos a través del caos, de la locura, del azar y del arte. Había que vivir ese instante. Había que ser el protaginista de cada estado de trance para poder llegar a sentirla. Era una percepción contraria al realismo. Tan bien entendida por los niños inocentes, por los borrachos filósofos, por los locos delirantes. Los demás se conformaban con verla a veces, en forma de destello, para olvidarla en seguida.

Esa realidad, pensaba, era contraria de necesidad a la apariencia. Pues la contrariedad era el único medio de subsistencia que le quedaba al asedio constante del aspecto engañoso y fácil de las cosas que tienen sentido. Y a través de las grietas que dejaba el mundo se colaba de golpe. Fuertes espasmos de realidad. Fuentes de búsqueda de explicaciones.

Y ahí estaba él, contra el suelo. Cuando su consciencia volvió a unirse, superada la hoja que la había cercenado, ellos ya se habían ido, su lugar ocupado por unas luces de ambulancia. Y hombres y mujeres cuyas voces no le eran familiares. Le dijeron que estaba bien. Le preguntaron que qué había pasado. ¿Qué había pasado? Intentó recordar.

Había quedado con Lucía. Como todos los sábados por la noche. El plan era reunirse con Saúl el idealista y su nueva novia en el Buda Tea. Resultó bastante aburrido. Últimamente todo se lo parecía. Ni el detalle del collar de perro que lucía la chica de Saúl despertó su interés.

Después llegó Roy. Acompañado de un tal Adrián, un tipo alto de cabeza rapada. Bajaron todos andando por Juan Flórez en dirección al Hard Rock Café. Sí, y el algún momento, les habían asaltado un grupo de gitanos. Todos habían salido corriendo. Él no se consideraba ningún héroe, simplemente no le había dado tiempo. Se ensañaron. Uno de ellos le rompió una botella de cerveza en la cabeza. No recordaba más.

¿Y dónde estaban todos?

A la mañana siguiente aparecieron sus padres para llevárselo. Del ambulatorio a casa. Le pareció gracioso. Casi se había olvidado de lo que significaba tener padres. El camino en coche transcurrió entre conversaciones intrascendentes sobre su estado actual y lo que tadaría en recuperarse. "El médico dice que necesitarás unos días de reposo, dos o tres, no más... casi no te quedará ninguna marca". "Aunque te han dado un montón de puntos, chaval, ya verás cuando se entere el abuelo, le encantan todas las historias que terminan con heridas y puntos, cuantos más puntos más le gusta la historia". Intuía que al abuelo esta no le gustaría demasiado. Pero no pensaba en eso. Poco a poco se habían ido abriendo paso en su cabeza los recuerdos de la mano de su madre vista desde abajo, llevándole a todos los lados cuando aún era niño. Los de su padre llegando a casa y despeinándole, a sabiendas de lo mucho que le molestaba.

Y todos esos recuerdos actuaron como un bálsamo. Al llegar a casa durmió veinte horas de un tirón. En el Astoria le dieron la baja, así que los días siguientes pudo pasarlos yendo de compras con su madre, comentando las noticias del periódico con su padre, recluído en su habitación viendo la tele, y escuchando esos viejos discos que casi había olvidado, Smushing Pumkins, Nirvana, The Doors, Blink 182... música para adolescentes que de repente le volvía a resultar agradable. Recibió una llamada el segundo día, pero tiró el móvil por la ventana sin mirar siquiera de quién era.

Cuando regresó al piso de los idealistas explicó que había perdido el teléfono en el incidente. En cuanto Lucía se enteró quiso verlo. Caminaron de la mano por el paseo marítimo. Eran las cuatro de la tarde y el sol brillaba más cerca del océano Atlántico que del cielo, con esa luz fría de noviembre que anuncia su inminente refugio entre montañas y montañas de nubes. Se pararon. Ella comenzó a besarle el cuello. La cicatriz del mentón. Las mejillas. Finalmente los labios. Y mientras Silvio saboreaba el beso ella le miró. Como sabiendo que en ese momento se encontraba ausente, como queriendo traerle hacia ella de nuevo. "Te quiero", le dijo. Silvio sonrió.

Sintió unas irrefrenables ganas de reir, sintió la carcajada subirle como una araña por la garganta. Dejando a su paso un gusto metálico en el sabor del beso, un gusto metálico en los ojos de Lucía, un gusto metálico en la luz que le enfriaba la cara. Todo sabía a metal. Como la sangre que aún le inundaba el paladar, la lengua, los dientes y la garganta. Fue consciente de que hacía unos momentos lo había visto todo claro. Pero se limitó a mirar a Lucía. "Te quiero". Y se besaron de nuevo.

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Una última vez (relato)

viernes, 14 de noviembre de 2008

Cuando alcé la vista, en la habitación oscura, supe que sería la última vez que te vería, y supe que tu no lo sabías, pues a simple vista las últimas veces son bastante iguales a todas las anteriores. Sólo a posteriori, con gran esfuerzo imaginario, podemos apreciar esos matices que las vuelven distintas.

Pero yo estaba herido de muerte. Y las heridas de muerte, además de la muerte, traen consigo una hilera de últimas veces, una soga de últimas veces que mientras te constriñe el cuello te otorga el talento secreto de ver la horca. De reconocerlas a veces.

Es curioso como podemos distinguir las primeras veces y no las últimas. Quizás porque primero sea la vida y último sea la muerte. El caso es que todos hemos sentido ese hormigueo de elefantes en lugar de hormigas que lucha por salir a la superficie, primero a través de nuestro cuerpo, después a través de todas las cosas. Y parece que todo temblase y bailase al son de ese terremoto risueño, parece que unas cosas fuesen a desbordarse sobre las otras, parece que estamos en un todo indistinto hecho de un líquido de olas hermosas. Y sentimos el abrazo antes de haberlo dado, y el beso antes de haberlo robado. Toda sensación se dilata así. En el tiempo y en el espacio. A veces sólo un poco... otras en cambio no se olvidan nunca. Adelante y atrás, adelante y atrás. Al ritmo de una marea sincronizada con cada racimo de aire que tomamos. Eso son más o menos, las primeras veces.

Todo lo contrario que las últimas, en las que todo está requieto, como hecho de piezas muertas formadas de elementos metálicos. Puede sentirse el retumbar de las cosas, no en los oídos, no como un eco... más como un rechazo. Tocar ya no es tocar, porque ya no se está tocando del todo. Se está un poco en despedida. Con los ojos ya mirando lo que verán desde entonces. No puedes del todo volver, porque aún no te has ido del todo. Pero ya no estás, porque las últimas veces son las definitivas.

Y cuando alcé la vista lo supe. Tu estabas sentada al borde de la cama, demasiado al borde, tan al borde que dudé si ya te habrías ido del todo. Alcé la mano y te sujeté la muñeca, y te diste la vuelta con una sonrisa de alguien que yo ya no conocía. Nos dimos un beso, más corto que el contacto torpe y gastado de nuestros labios. Te levantaste y fuiste andando descalza hasta el baño. Y recuerdo aquél sonido de tus pasos contra el parqué de caoba y el cambio al pasar al piso de azulejo del baño, y el sonido de la ducha. En ese momento estuve seguro. Porque no podía ya distinguir el sonido que escuchaba y el que ya estaba recordando.

Por primera vez me arrepentí de todo lo que no había hecho. De todas los caminos que no había tomado, como hacen los viejos. Era, para mí, la seña diáfana de que estaba acabado. La medida irrefutable de lo que me pesaba tu pérdida. Con ese peso de las pérdidas que empuja hacia arriba, mientras en el pecho algo se hunde hacia abajo. Creo que lloré, pero no estoy muy seguro. Porque nunca había estado menos en mi cuerpo. Si bien es cierto que después he estado menos aún de lo que aquella vez estuve.

Volviste vestida y recuerdo... recuerdo que el color de tus ojos parecía más fuerte. Pensé que ahí dentro algo se revelaba, algo luchaba por que me acordase de tus ojos. Algo dentro de tus ojos que me abrazaba, haciéndolos brillar más fuerte y más azules que nunca. O quizás siempre habían sido de esa forma, y hube de esperar a perderlos para darme cuenta y echarlos de menos. Porque en ese momento ya no los tenía del todo.

Quién sabe. Tus ojos eclipsaron tus palabras. Sonreías distraída, como si la sonrisa no fuera para mí y fuese para otro que yo no veía. Supongo que sería parte de alguna rutina. Que irías a algún sitio al que solías ir, a la hora convenida de todos los días. Quizás un trabajo, o un amante con coartada. No lo recuerdo, así que no es importante. Lo importante es que te ibas. Y yo sabía que sería la última vez que iba a verte. Y no dije nada. Podía haberte dicho cualquier cosa, para que te fueses pensando en mí mientras te marchabas. Se me daba bien decirte cosas bonitas. No tengo mérito, siempre me lo pusiste tan fácil, con esa cara de ángel y ese cuerpo de leona. Y cualquier cosa habría bastado para asegurarme de que no pensabas en esa otra cosa a la que sonreías en la habitación. Que pensabas en mí mientras te morías.

Me habría conformado con haberte dicho te quiero. Casi no te lo decía. Todas esas mujeres idiotas me quitaron la costumbre. Y fuiste a la que menos se lo dije de todas. El ardor de la garganta, el saltar de las lágrimas... y tú que me preguntabas si temblaba de frío. Sin suponer siquiera que temblaba de contención de un te quiero.

¿Te acuerdas de esa gitana que no supo leerte el futuro? Ahora puedo ver que estabas asustada, tú que creías en todas esas cosas de las estrellas y eras tan sensible para los significados ocultos. Y entonces ni siquiera me di cuenta. Me pregunto cuán muertas deben estar esos otros seres, esas gitanas cubiertas de misterio que pueden ver el futuro. Porque qué es el futuro más que una sucesión de otras veces. Y qué son otras veces, más que aquellas que podrían ser las últimas.

Ya nada importa. Tú estás aquí enterrada y ni siquiera puedes oirme. Nada de esto debería haber pasado, habríamos sido felices. ¡Me escuchas, maldita zorra, habríamos sido felices! ¿Acaso no lo éramos? El otro también está muerto, pero supongo que te da igual. Supongo que no le querías, siempre fuiste un poco de esas que hacen las cosas porque son divertidas. Por romper la rutina. Sin importarte el daño que me hacías. Pero yo gano. Porque como decía mi madre, los auténticos golpes no son los que te joden, sino los que te dejan jodida. Descansa en paz, allá donde estés. Si puedes verme, sabrás que esta es la última vez que vengo a llorar a tu tumba.

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La canción de la semana: Nobody's perfect

Esta semana he elegido (suena como si lo hiciese todas las semanas, y bien puede decirse que es la primera) un tema de Dios (Malos), un grupo californiano de hace pocos años que saltó a la fama internacional por meter dos de sus temas (You got me all wrong y Everything) en la banda sonora de la serie de televisión The O.C.

No es que fueran gran cosa... pero si tuviese que hacer un recopilatorio de mis canciones preferidas, incluiría sin duda este Nobody's Perfect. Supongo que porque para mí tiene un significado especial. Aunque visto de otro modo, no lo tendría si no me encantase.

Os pongo una versión en directo que encontré por casualidad, y que en lugar de teclado recurre a la guitarra. Y donde esté una buena guitarra...

                     

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El retorno

viernes, 7 de noviembre de 2008

Me gustaría que esta entrada no fuese necesaria. De hecho, he pasado un buen rato cavilando si lo sería. Tiempo malgastado. Porque nada más agarrar el teclado la dureza de las teclas y la gandulería de las palabras me lo han dejado bien a las claras. Un mes es mucho tiempo, colega. Ya no contábamos contigo. Sí, como saludar a un grupo de viejos amigos. Y notar al instante que han estado hablando de ti. Y no demasiado bien.

En el segundo párrafo llegan los porqués. Y sus no lo sés dándoles réplica. A mi qué me contáis, la vida es así, ya sabéis. Uno no elige su destino. Y muchos etcéteras. Pero seamos francos, siempre se pueden alegar garzones (chiste fácil, lo siento). Quiero decir, que siempre es posible tratar de explicarse. Y si no sabes por dónde empezar, el principio tiene toda la pinta de ser una buena elección.

Un buen día dejé de fumar. Digo un buen día a priori, porque a posteriori ha sido bastante jodido. Pero por convención social diré que fue positivo. Pese a engordar cinco kilos en una semana. Consecuencias... algo tan natural como sentarse, encender un cigarrillo y pensar sin estar pensando, dejando que piense solo, que las cosas aparezcan en la cabeza... desapareció. Así es como se pierde un hábito. A fuerza de arrancarte otro.

Aparte de eso, las cosas no me han ido muy bien últimamente. Es como cuando crees que estás viviendo una historia, y un giro argumental desvela que estabas viviendo otra. Como el final del sexto sentido. Sí, nos entendemos. Y cuando las cosas empiezan a venir mal, parece que se ponen de acuerdo. Quizás por primera vez necesitaba realmente alguien que me salvase. En fin, demasiadas cosas en la cabeza, y demasiado reales.

Y hay formas y formas de reaccionar. Aunque quizás todo se reduzca a las cinco fases del duelo. Ya sabéis: negación, ira, negociación, depresión y aceptación. Aunque yo no negocio demasiado, es increíble lo ajustada a la realidad que en ocasiones está la psicología. Ahora estoy saliendo de la fase depresiva. Así que es buen momento para escribir de nuevo. O tanto como otro cualquiera.

Como en todo regreso al hogar hay que traerse algún regalo, el mío será llevar este blog por un derrotero más personal y cercano. Por el momento, he hecho algún que otro cambio estético: mejora de las fuentes utilizadas, uso linux y no lo había notado pero eran casi ilegibles en windows; comentarios incrustados en la propia página, antes incompatibles con mi plantilla y el nuevo gadget followers, que he renombrado como lectores, el intento de google por consolidar blogger como una red social. Además, la canción de la semana será realmente una diferente cada semana, que desde que la hice aparecer no la he cambiado nunca. Y finalmente, y dada la práctica defunción del blog de los gaiteiros, he pensado en recuperar la línea de las mitificadas por todos cronotajas y chematajas (hay que reconocer que fue un formato de indudable impacto social, ambos autores recibimos amenazas, las mías de muerte), en una nueva sección cuyo nombre aún no he pensado. ¿Alguna idea?

En fin, sólo me resta agradeceros todas las visitas y todos los comentarios que habéis dejado estas tres semanas, estoy deseando devolvéroslos reiteradamente. Nada más. Capítulo 93, pasemos de página.

P.D.: Estudiantes de Salamanca, prometo ponerme con Silvio mañana mismo :)

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