Los ojales cosidos le servían de recordatorio, no hay amor para un simple botón, no hay cariño que resguarde del frío. Dos mangas y un solo bolsillo, talle ajustado a los huesos, no cabían costillas de menos entre sus paredes de pana, alfombra para imaginarias damas que corrían de sueño en sueño, dejando caer su pañuelo de metal.
Chaplin de la modernidad aunque sin comer zapato, por ser animal de interiores se había condenado al raso y vagabundo le decían. Era diestro con las bromas, y por ello era apreciado en la comunidad de vecinos de los que no tienen morada. Los chistes escasean en la miseria y él era fuente de algunos que ya circulaban en otros ambientes. La palabra es como la peste. Aunque en ciertas ocasiones se quedaba silencioso, con un STOP imposible de ignorar dibujado en su cara.
Su cultura era admirada, no había pregunta que no tuviese respuesta, sencilla pero evidente. Si le interrogaban por el porqué de su desnudo, decía "no soy codicioso al uso, mi ambición es una brújula tonta que baila al son de un tesoro real pero imaginario". Quizás sólo prefiriese ser clochard de los abusos.
Considerando lo común vulgar y lo raro extraordinario, el hombre veía pasar sordomudos entre ciegos. Los carteles de la ciudad mostraban su triste fealdad. Imaginario colectivo de un colectivo imaginario. Las paredes de ladrillo eran muros de plastilina medidos a la moralina disimulada de excesos. A lo peor visionario, ojalá fuese un ciego más, pensaba en su soledad. Y aunque sus compañeros de casta tenían vidriosos espejos que mostraban su pasado, el rastro de sus callados pasos era de un opaco siniestro. Los que le conocían no podían ubicarlo más allá de un par de pares de días. Todos le llamaban Juan, aunque prefería Pedro. Porque suena como a perro. Y sonreía.
Ya no escribía cartas, ni poemas, ni relatos, bajo diferentes coartadas. Sólo dos son hoy recordadas: por falta de estudio formal y porque escribir es la patria y ahora practicaba un turismo llamado de lectura facial, dando la vuelta al mundo sin regreso programado.
Y un 24 de abril fue hallado muerto en la sucursal de Caixa Galicia donde solía pasar la noche. Las cámaras de seguridad filmaron la brutal paliza a la que fue sometido por dos jóvenes, uno de veinte años de edad, el otro de tan sólo dieciséis. Nadie se percató de su muerte hasta las nueve de la mañana del día siguiente. Todos los que anteriormente vieron el cadáver prefirieron acudir a otro cajero, seguramente bajo la convicción escrupulosa de que estaba dormido. Cuando llegó la policía, encontró un papel arrugado en su mano derecha y un bolígrafo bic en la izquierda. Pensando que se trataría de una nota con algún tipo de dato que ayudase a su identificación, uno de los agentes se apresuró a leerla. Encontró escrito lo siguiente, con una caligrafía impecable:
Cuántas primaveras caben entre tu cara y la mía, cuántas tempestades nos empujaron al beso, suelo de mis amores en que se ahoga mi olvido para matar de recuerdo. Me soñaba un soñador, prófugo de mis sentencias, la razón en mi conciencia perseguía a un violador, un perturbador de verdades, un calamar gigante de ciento ochenta y nueve brazos, uno por cada amargo crimen que he cometido. Y este es mi mayor delito, haber permitido vivir a un cuerpo que siempre fue afín a la carencia de sentidos.
Gracias le doy al derecho de ser libre de escritura como tantas criaturas son libres de movimiento (aunque mi voz nació perro pronto mordió la montaña).
Y al derecho de acogida que ejerce la poesía y es tantas veces refugio al querer callarse penas que vienen encintas de himnos fallecidos prematuros (poeta: amante del silencio).
Es porque nunca se escucha a aquel que no puede hablar, lo que es inexpresable se ve condenado a una tumba de diarios temerarios con páginas de un arte bruja que a fuerza de ir a la hoguera prefieren quedarse de blanco, vírgenes de lo que era, esperando un verso justo que las salve de la quema.
Por eso muerto de mudo salgo a la caza de musas con herramientas arteras: no queda flecha que duela ni cadena que gobierne al que toma las tristezas como una razón de verso. Dirás que soy algo perverso pero para alzar imperios hay que postrar continentes, y cuentan sobre uno entero víctima de la peste.
Para seguir escribiendo desde que se pone el sol, si sueño que sea despierto hasta el caer del telón y aunque siempre derrotado he de estar agradecido, no os preocupéis mis amigos porque los mejores versos son un simple making off.
Cabrón hijo de la gran puta ojalá mueras dos veces y tu sangre sea el bautismo que bañe el cuerpo maldito de cada uno de los gritos en que retuerzas tu lengua. No vuelvas nunca a mi puerta ni intentes siquiera buscarme porque seré yo la que ande con un puñal a tu espalda para sacarte las entrañas y cagarme sobre ellas. Huye con fuerza, cobarde no creo que haya bastantes rincones en este mundo para esconder tu miseria.
Hay palabras que al nacer hacen arder bibliotecas si nacen de una mujer.
La sábana estaba serena como nunca el mar estuvo en ondas quietas de seda y un imperceptible vaivén en la curva de mi mundo. Allí donde el rojo del astro hundió tantas veces su brazo buscando de nuevo el Edén. Tantos anocheceres, verdad? Tantos anocheceres... Si pudiera girar sus caderas y sentir amanecer... Pero ya huele a pasado. El tiempo como pausado traicionero en su sigilo hiende su filo en mis manos y me rebana los pies. Sin lanza para un costado ni cielo para unos labios cobardes a su desnudo. El ventilador en el techo retuerce el sudor del cuarto: Ríos que han arraigado en espasmos de quince minutos en que el deseo se revela... Una cebra seduce otra cebra que es un bengala blanco y el rojo de nuestro abrazo ha de teñir nuestra piel. Cómo escapar de la tierra cómo escapar de mi tierra sin alas que me sostengan ni valor para perder. Enciendo un cigarro y expulso nasales hebras de humo porque saben como ella. Quizás el infierno sea recordarla en cada pucho.
En el cine hay muchas películas basadas en una novela (últimamente la relación cine-literatura me interesa bastante). Y casi ninguna basada en una obra de teatro. Es lógico. El cine, pese a su origen en el mundo teatral, ha creado un género artístico autónomo con sus herramientas propias. Y se acerca más a una novela visual que a una representación (o quizás sea que productores y directores lean más novelas, pero sonaba menos grandilocuente, qué le voy a hacer).
Ahora bien... ¿Qué ocurre cuando se intenta acercar el cine a la poesía? (buscando un producto aprovechable, no un bodrio experimental sin interés). De todo lo que he visto, y sin perder de vista que mi cultura cinematográfica es limitada, el intento más inspirado ha sido Dead Man, de Jim Jarmusch.
La película es en si misma una metáfora dentro de otra metáfora. Aborda el viaje de un contable (interpretado por el siempre genial Johnny Depp) que casualmente comparte nombre con el poeta inglés William Blake, desde su ciudad natal hasta un pequeño pueblo del lejano oeste en el que le han ofrecido un puesto de trabajo, desde la civilización hasta lo salvaje, desde la razón hasta la pasión, desde la vida hasta la muerte, desde el cielo hasta el infierno, pero el infierno de Blake.
En su obra El matrimonio del cielo y el infierno, en la que se inspira el film, William Blake presenta una visión de la tradición cristiana muy personal y romántica, en la que libera a la dualidad cielo-infierno de todo carácter moral. El mal es el deseo, la energía poética, y el bien la razón, los límites impuestos por los cinco sentidos.
Así el protagonista perderá conforme avance en su periplo toda noción de realidad y lógica. Contará con la ayuda como guía espiritual del indio Nadie, que ha leído los versos que cree suyos. Las leyes de los hombres irán cayendo, difuminadas por una naturaleza que escapa a la simple percepción.
Todo el film, vestido de western, está construido de forma que recuerda un poema. Los fundidos en negro (por otra parte tradicionales en la filmografía de Jim Jarmusch) marcan el paso de una estrofa a otra, y los repetitivos acordes de Neil Young llevan el ritmo constante de los versos.
Sin duda es una película extraña y difícil de digerir. Pero os la recomiendo. Vedla con calma y comprendiendo que estáis ante un producto que se sale de la norma. Pese a atesorar una gran calidad, en ocasiones puede hacerse lenta. Y su tono lírico desecha toda estructura narrativa, de modo que no esperéis giros argumentales o un desenlace revelador. Ya me comentaréis.
Os dejo algunos de los Proverbios del infierno de Blake, algunos de los cuales son nombrados por el indio al intentar iluminar a su joven compañero de viaje:
-La senda del exceso lleva al palacio de la sabiduría. -La prudencia es una fea y rica solterona cortejada por la incapacidad. -Quien desea y no actúa engendra la plaga. -Sumergid en el río a quien ama el agua. -No hay pájaro que vuele demasiado alto si lo hace con sus propias alas. -Lo que hoy está probado, en su momento era sólo algo imaginado. -La cisterna contiene; el manantial rebosa. -Si estás siempre listo a expresar tu opinión, el vil te evitará. -Nunca el águila malgastó tanto su tiempo como cuando se propuso aprender del cuervo. -Los tigres de la ira son más razonables que los caballos de la instrucción. -Nunca sabrás lo que es suficiente a menos que sepas lo que es más que suficiente. -El débil en coraje es fuerte en astucia. -El perfeccionamiento traza caminos rectos; pero los torcidos y sin perfeccionar son los caminos del Genio. -Los poetas de la antigüedad animaron los objetos sensibles con dioses y genios, nombrándolos y dotándolos con las propiedades de los bosques, ríos, montañas, lagos, ciudades, naciones y todo lo que sus enormes numerosos sentidos podían percibir. Estudiaban particularmente el genio de cada ciudad y país colocándolo bajo la tutela de una deidad espiritual. Bien pronto, para ventaja de algunos y esclavitud de muchos, se formó un sistema intentando dar realidad a las deidades espirituales o abstraerlas de su objeto. Así dio principio el sacerdocio, instituyendo ritos según los relatos poéticos. Y, al fin, declararon que los Dioses lo habían querido de este modo. Así olvidaron los hombres que todas las deidades residen en el corazón.
Antes fui un niño temeroso, incluso al afirmar que Dios no existe sentía la obligación de disculparme en un silencio miserable, alzando al cielo el iris hasta ocultar la pupila, dejando a los mortales una media luna castaña que en su ridículo era mi penitencia.
Una noche sentí de nuevo la necesidad de negar a Dios. Fue en una taberna irlandesa, hogar por excelencia del Señor. Una de las chicas con las que compartía mesa me miró fijamente y sonrió. Mientras soltaba una retahíla hipnótica sobre el triste papel de la Iglesia en nuestro tiempo, continuó mirándome. Los otros chicos y chicas también eran católicos y se defendieron. Pero nosotros seguimos mirándonos a los ojos, y por segunda vez, volví a negar a Dios. Y lo negué una tercera con mis niñas clavadas en las suyas, sin poder moverse, mientras sentía un dolor inmenso en los márgenes de los globos oculares. Pensé que en cualquier momento comenzaría a sangrar por las cuencas y el engaño saldría a la luz. Así que comencé a desnudarla mentalmente, procurando distraer cualquier pensamiento con los botones saltarines de su blusa, con la cascada de su cabello antes recogido sobre sus hombros desnudos.
Uno de los presentes dio un golpe sobre la mesa que hizo saltar las jarras de cerveza. Afirmó con convicción absoluta que la Iglesia había cumplido un papel innegable como refugio de la palabra de Dios, como casa de todos aquellos que realmente deseaban ayudar al prójimo. Le dije que se hiciera cura y dejase de tocar los cojones, que si era marica encontraría los brazos de su templo abiertos para él. Ella rió y de nuevo nos miramos. Ya no sentía dolor alguno, sino un inmenso alivio en el pecho. El mismo que ha de sentir un ahogado cuando el aire, primero ardiente, se vuelve fragante y le recuerda lo que es estar vivo, ser libre de nuevo.
Aquella noche perdí la virginidad y dejé de ser un niño temeroso. Y ahora cada vez que niego a Dios, mis ojos no buscan cielo alguno para disculparse, sino que encuentran un cuerpo jadeante, una sonrisa y unos ojos negros que me miran carcelarios, para al instante después liberarme.
La historia iba de salvarse, ya sabéis, de que el vacío no formarse nuestra estela, que hubiese más en ella. Ser el lobo o explotar si eres oveja. Eternos los artificiales, sobre una ciudad diluyéndose entre un incuestionable [ ] Pelear con las estrellas mientras las olas nos devoran de detalles. Dejar la esencia al margen.
Y hacia el final, cuando ya no queda nadie, comprender que en el margen de la esencia, los detalles devoran las estrellas, dejando un incuestionable [ ] Sobre una ciudad eterna en su artificio. Como el lobo que explota a las ovejas, el vacío devora nuestra estela, y nada vale.
Es un trato favorable, cambiar toda posible redención por volver de nuevo a condenarse, ya sabéis.