La banda sonora de capítulo 93

domingo, 30 de noviembre de 2008

El otro día vi otra vez Alta Fidelidad. Me gusta la atmósfera de fracaso dulce, resignado y musical de esa película. Habla del amor y de la música. Y entre otras cosas, habla de como hubo un tiempo en que grabar recopilatorios fue un algo universal. Una forma perfecta de imprimir diarios emocionales, magnetizar una visión e incluso un sentimiento. Tenía mucho de viaje y mucho de regalo. Además de ser algo jodidamente difícil de hacer.

Porque grabar una cinta podía convertirse en una auténtica pesadilla creativa. Disfrutabas mientras sufrías buscando la siguiente puta canción que no quería existir para que tus cinta fuese perfecta y poder dársela a alguien que la relegase a un destierro prematuro de polvo y cajón de mesilla o cubo de basura. Sí, era bastante como el amor. El romanticismo se agota en la punta de tus propios dedos.

"Grabar un recopilatorio requiere un arte muy sutil, muchas normas y detalles. Para empezar utilizas la poesía de otros para expresar lo que sientes y eso es algo delicado. Hay que empezar a lo bestia para llamar la atención y luego hay que ir aumentando la intensidad, pero sin pasarte de vuelta porque luego hay que bajar de golpe. Hay un montón de reglas, y cada uno se inventa las suyas sobre la marcha"

Más tarde llegaría el CD y los botones de anterior y siguiente. Se seguiría hablando de ellas, pero las caras A y B se fueron llevándose esa doble personalidad tan distinguida de la música. Los discos giraban y giraron hasta volverse meros packs de canciones, meros packs de mp3 que se intercambiaban cada vez con mayor facilidad. Y esto fue muy bueno para la música. Pero como decía una amiga, siempre pierdes algo para ganar otra cosa. Y se perdió lo más cercano que un mortal sin oído podía estar de una composición musical. El recopilatorio.

Alta fidelidad hizo que la nostalgia me acariciase los testículos (el 50% conocéis la sensación). Hasta que me di cuenta. Yo nunca había grabado un recopilatorio. Y además podía hacerlo cuando quisiera. Al fin y al cabo tenía un blog. Y un blog es como una serie de televisión, una época de nuestras vidas o una patata. Quiero decir que se le puede poner banda sonora.

Y así pasaron tres días de escucha ininterrumpida, del más cruel de los castings musicales, de desesperación melómana hasta hoy. Grandísimas canciones han quedado fuera. Unas, problemáticas, porque se llevaban mal con el resto. Otras porque de tanto que sonaron para buscar sitio agotaron mi paciencia hasta el odio. Pero alegrémonos por las que lo consiguieron. Os presento la primera banda sonora de Capítulo 93. Pulsad sobre el enlace y será vuestra (¡Feliz Navidad!):

http://rapidshare.com/files/168770153/cap9301.rar.html

Lista de temas:
01 Frankie's gun - The Felice Brothers
02 I love you like a madman - The Wave Pictures
03 The underdog - Spoon
04 You! Me! Dancing! - Los Campesinos!
05 A-punk - Vampire weekend
06 Time to pretend - MGMT
07 Northwestern girls - Say Hi
08 Our live is not a movie or maybe - Okkervil river
09 Flight 180 - Bishop Allen
10 Center of the Universe - Built to spill
11 Lovely Allen - Holy Fuck
12 Fireworks - Animal colective
12+1 Doo right - Man Man

Quizás ninguno de vosotros lo escuche. Pero el quizás merece la pena. Me gustaría convertir esto en un MEME y retar a alguno de vosotros a que hiciese lo mismo. Aunque no subiese el disco y diese simplemente la lista de temas. Pero soy muy joven como blog y no me atrevo. Así que simplemente os invito a hacerlo. Es toda una experiencia.

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Amor en XII actos. Acto X: Perdiendo el alma

viernes, 28 de noviembre de 2008

La sábana estuvo mojada. Y ahora ya estaba húmeda sin que ninguno de los dos obtuviese fuerza alguna para poder levantarse. Llevaban cinco o treinta minutos sin hablar. Tumbados, las piernas de Lucía sobre las de Silvio. Mirando al techo como si los dos viesen el mismo techo. Silvio se preguntaba. Qué techo vería Lucía aún jadeante y tumbada, mirando hacia arriba. El suyo era la piel que acababa de dejar atrás sin dejar de mirarla, como yéndose de casa.

Había algo doloroso en terminar. Y el frío donde había calor. Pensó que la muerte sería de ese modo con dolor donde había placer. Ella miraba el techo. Como si hubiese algo en el puto techo, Lucía, qué coño te pasa. A saber. Había mujeres tan obvias que era divertido. Y otras tan como Lucía que daba miedo. Tan como Lucía, intuía, no las había visto. Se habría ido con alguna de ellas. Tenían que existir para que el mundo tuviese sentido.


Le acarició el hombro con la mano derecha, rogando por una mirada que no daba por perdida. Ella le sujetó la mano, la arrastró sobre sus labios dejándola al pasar un beso para descansarla después sobre uno de sus senos. El izquierdo, de modo que ella continuaba mirando hacia el techo y con las piernas abrazaba a Silvio y él miraba a Lucía y la abrazaba con el brazo. Por muy fuerte que se hubiese sentido alguna vez Silvio siempre había comprendido que ella le superaba. Con una fortaleza secreta que a veces estaba escondida. Con una fortaleza egoísta.

Al principio fue como un brillo al contacto de la lámpara con la piel de la mejilla. Pero luego poco a poco, una sombra que cabalga el desierto, una lágrima fue descendiendo la mejilla derecha de Lucía. Quiso creer que era sudor, pero no pudo. Quiso saber cuánto tiempo llevaba orbitando su vida en torno a aquel cuerpo que ahora lloraba. Cuánto vistiendo su mundo de blanco y negro para ver mejor sus colores. Cuánto queriendo sujetar el tiempo para que no se la llevase. Y quiso saber qué pasaría ahora, que ella estaba llorando. Quiso un borrón de tinta negra y quiso todo parado. Y quiso sujetar esa lágrima y devolverla a la cuenca llorosa de donde había salido. Pero no pudo.

Se levantó. Suavemente y sin escusa se paró de pie frente a la cama ahora semivacía y vio de nuevo aquel cuerpo del que ahora necesitaba una pausa. Se dirigió a la cocina donde el grifo le esperaba con un vaso de agua fría. Lo observó llenarse, y el dolor de la sed en el paladar reseco le trajo un absurdo sabor a infancia. Cuando no podía soportar el dolor sin llorar como Lucía. Qué dolor había en esa niña abstraída que lloraba.

Los niños, con su alma gigante, con la inmensidad de su alma infinita en comparación con sus cuerpos minúsculos que casi podían volar. Con un alma tan grande que les tapaba de ver el mundo. Y el mundo no quería ser tapado, y les penetraba por a través de ese alma impoluta, llenándola de agujeros, trayándola de heridas sobre cicatrices, cercenándola hasta el tálamo de los sentidos.

Y etcétera Silvio. Dónde había ido su alma. El alma de Silvio, quizás había quedado en parte prendida de la piel de Lucía. Quizás le esperaba a que la recogiese. En el pliegue de los senos, en las cosquillas de las axilas o en el bello invisible que le crecía cerca del ombligo. Quizás estuviese en su espalda, o quizás nunca hubiese llegado a ver esa espalda que Silvio había visto tantas veces.

Todavía no quería volver a su pequeño mundo real de una lágrima resbalando. Se obsesionó incluso. Necesitaba saber dónde se había dejado ese alma que ahora estaba seguro que ya no tenía. Donde descansarían ahora los trocitos de alma muerta que se habían ido decapitando sobre los rieles de su propia vida.

Pero de alguna forma sabía que los trozos de alma que se perdían eran remplazados por el espacio necesario para recordarlos. La experiencia. La pérdida de la inocencia. Era lo mismo y por eso crecer tenía sentido, y valían igual un joven soñador y un viejo con el gran poder del recuerdo. Pero ojalá él nunca hubiese crecido. Porque sentía que algo se le estaba yendo al hacerlo. Y maldita sea, que le quebrase un rayo el cuerpo si no tenía miedo. Pero hacía como si no lo sentía. Quizás todos hacían lo mismo. Quizás por eso lloraba Lucía.

Se levantó de la silla en que se había sentado, bebió un sorbo apenas del agua y se regresó a su puesto de vigía de lágrimas desalmadas. Se echó al lado de Lucía, que lo abrazó sin decir nada. Maldita sea Lucía, por qué coño tenías que haber llorado. Le devolvió el abrazo con fuerza, mientras sentía que un gran pedazo de alma se le desprendía con aquella lágrima que no había visto. No, esto no era como en las películas, ningún diablo aparecía de la nada para ofrecer un trato rápido y por tanto ventajoso. En el mundo real satanás era carroñero. Y había que perder el alma trocito a trocito. Lágrima a lágrima.

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Concierto de Gogol Bordello en Santiago

jueves, 27 de noviembre de 2008

(Clásica foto estúpida que ponemos en capitulo 93 con la información porque somos un blog de calidad. Además nos encanta expresarnos en plural como si fuésemos 20 en lugar de un pringao hablando solo)

Gogol Bordello, definición de la Wikipedia: grupo de gipsy punk del Lower East Side of New York City formado en 1999, caracterizado especialmente por sus frenéticos directos y su sonido inspirado en la música gitana, con mezcla de sonidos de acordeón y violín y bla, bla, bla me duermo.

Pues eso, frenéticos directos, guardad ese dato en vuestro cerebro. Porque andan de gira por España. Y lo más importante -al menos para el 25% de vosotros que reside en Galicia-, estarán el 11 de diciembre en la Sala Capitol de Santiago de Compostela, con Che Sudaca de teloneros. Las entradas se regalan a cambio de 20 euros si te das prisa y 23 euros si tienes que recurrir a la taquilla, que ya no creo que queden.


Pero lo mejor es que esto es sólo el comienzo, o la segunda parte del comienzo, porque dEUS ya se pasó el 23 de Octubre. Ambos conciertos son el pistoletazo de salida de una pretendida serie que, bajo el pseudónimo vanguardista de "El Ciclo Importa", buscará situar a Galicia en el circuito de salas españolas de música alternativa. En otras palabras, si tocan en la Razzmatazz y molan es posible que también toquen en Capitol.

Para el resto de mortales que no podéis residir en Galicia y os veis obligados a subsistir en otras zonas de España, Gogol Bordello estará también en la Razzmattazz el 8 de diciembre, en La Riviera el 12 de diciembre y en la sala Rock Star Live de Barakaldo el 13 de diciembre. Luego se van para Francia -oh, qué pena, etc. etc.-.

A mí personalmente no me van las rastas ni la estética interrail. No aspiro a ser cool por asimilación de culturas que no son la mía. Ni a sentirme especial por haber estado en 173 ciudades europeas y 14 del norte de África. Además de que odio a Manu Chao. Pero es que no hace falta para querer ir a ver a estos tíos... no hace ninguna falta en absoluto... (¿quién se apunta?)


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miércoles, 26 de noviembre de 2008

Después de meses de I+D, tres de nuestros expertos gravemente heridos, y media docena de servidores de blogger inutilizados, por fin ha llegado. Capítulo 93 se enorgullece en incorporar a sus características técnicas secretas el célebre javascript SIGUE LEYENDO.

Y diréis: "Menuda mierda de post".

Y os responderé: "Pues sí, pero no quiero que nadie se líe".

A partir de ahora las entradas largas sólo estarán representadas por una introducción y un enlace azul como este. Cuando pulséis sobre él:

Automáticamente aparecerá el resto de la entrada, sin cambiar de página ni nada de eso. ¡A que es la tecnología bloggera más vanguardista del mundo!

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La generación del ordenata

El boom de la informática de consumo me agarró rondando yo la tierna edad de ocho años, con mis padres cavilando la adquisición de la Larousse Ilustrada, eje central de toda cultura doméstica que aspirase a aparecer en algún mapa. Adalides de lo moderno los dos, se dejaron trescientas cincuenta mil pelas de las de mucho antes en un ordenador IBM. En cómodos plazos y sin intereses.

Según el señor del Corte Inglés eran de los mismitos que usaban los de la NASA, amigos suyos. Perfecto para dar un empujoncito en la dirección correcta a un niño que no se sabía si era imbécil o superdotado.

El bendito cacharro era un Pentium 150 con 16 Mb de memoria compartida y 2 Gb de disco duro. Mi padre desconfiaba, pero se cercioró en repetidas ocasiones del punto que hacía valer aquella suma de dinero: ¿Pero trae la Encarta, no?

Sí, la traía, y lo reconozco. Después del que la escribió apuesto a que soy el ser humano que más se ha recreado en su lectura. El ochenta por ciento de mis conocimientos de cultura general terminan con un copiright de Microsoft -Gracias, Billy Gates-. Así que de alguna manera mis padres acertaron. Y sin embargo ese Pentium iba a marcar mi vida de una forma mucho más profunda, si cabe. Condenándome a ser un vestigio desfasado de otra época.



El furor de los genéricos, esos puzzles que ensamblaban silicio y felicidad, se desató como una epidemia. En el recreo los nenes ya no hablábamos de fútbol. Discutíamos la conveniencia de asumir el salto de precio entre un Pentium MMX y un Pentium 2, sobre si era mejor decantarse por una tarjeta aceleradora de gráficos 3D ATI Phoenix o por una Banshee Voodoo 2, o lo bien que se escuchaban las tarjetas de sonido Sound Blaster combinadas con un subwoofer.

¿Consecuencia? En unos pocos meses todo el puto vecindario tenía ordenadores diez veces mejores que el mío y tres veces más baratos.

Y en este escenario de prestaciones sin límite a precios al alcance de la plebe apareció el Dios de la generación de muchos de vosotros. Aquellos que continuabais en clase coloquios que habían surgido en un tal messenger. Los que pasabais la tarde disparándoos con armas de destrucción masiva en mundos virtuales llamados Quake, Counter Strike, Unreal Tournament. Y resumíais vuestra vida en una foto sobre un fondo negro o rosa fucsia. Vosotros, la generación de internet.

Y yo me quedé fuera con mi viejo pentium de sólo dos dimensiones, desconectado en el prehistórico frío de una generación que no era la mía y a la que sin embargo pertenezco. La generación del ordenata.

(Si no conocéis la historia de Guybrush, no sois de la generación del ordenata)

Porque a mis padres eso de internet les sonaba demasiado a verbena y corrupción de menores. Y mi historial como escamoteador de revistas porno no hablaba a favor de mi candidatura a la conectividad -comparto con la generación de internet una escandalosamente precoz iniciación al onanismo-.

Por lo tanto no caí en las redes de la gran red hasta la mayoría de edad, cuando ya era demasiado tarde para mí, siempre un tanto desubicado virtualmente -algún día contaré la historia del Chema que entra en el baño de un bar y escucha al otro lado de la puerta, de boca de unos completos desconocidos, una fabulosa leyenda que incluye su nombre, el de una mujer y la palabra tuenti reiteradas veces-.

Pero no os envidio, querida iGeneration. Yo nunca vacié de libros mi mesilla de noche. Las tardes de invierno de mi infancia se llevaron el sabor de las historias de Gabriel Knight, cazador de sombras y Guybrush Threepwood, aspirante a pirata. Conozco el valor de un buen disco porque nunca he acumulado canciones que ni siquiera me sonaban. Soy capaz de transformar un paisaje silvestre en un Gernika, y cualquier otro Picasso en una foto de mi hermano haciendo la primera comunión. Puedo averiguar vuestras contraseñas y secretos con sólo acariciar ese aparato con teclas que apenas tuvisteis tiempo de aprender a utilizar. He pasado horas codificando, masterizando y ecualizando audio; días montando y filtrando pistas de vídeo. Y sé que cuando alguien dice lo jodidamente malo y peligroso que es windows, no está exagerando, y por eso nunca lo utilizo, porque sé cómo funciona.

(Mi escritorio mientras escribo estas líneas)

Pero aunque nunca me vayáis a encontrar online en el messenger de los cojones, porque os tengo a todos bloqueados, ni tenga perfil alguno en los myspaces, facebooks, fotologs y demás tuentis, que tanta fama me han dado en el pasado, internet es un sitio confortable para los carcas como yo. La última generación capacitada para sobrevivir en el mundo real, a base de una cultura y una creatividad que vosotros habéis perdido.

Sólo tenéis que comprobar la edad de los que crean los contenidos que vosotros consumís, pobre generación gris de la dependencia mutua. ¿Soy el único que tiene la sensación de que últimamente las ideas nuevas escasean?

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Arrugas que no se ven

lunes, 24 de noviembre de 2008

Pronto lejos nos quedarán estas noches embriagadas
por el olor de la promesa de ser jóvenes
ya nos ciñen demasiado los vestidos que tejimos
aprovechando los jirones de nuestras buenas intenciones
y los pétalos de cadáveres de rosa que recogimos
porque eran frágiles, bellos y sin futuro como nosotros

Romas sin remedio serán siempre nuestras aristas
desgastadas del constante rozar de soledades
y del recuerdo no se irán ya nunca las mentiras
que pronunciamos sin necesidad de abrir la boca
con la frescura del que sabe embozar con la sonrisa
las náuseas que desbordan saladas desde los ojos

Ya no ocurría muy a menudo y creo tener la certeza
de que ayer por la noche en aquella pista de baile
lo fui por última vez cuando en apenas un instante
nuestra vista coincidió en la espontaneidad de un sin querer
y mientras todos dibujaban paralelas al saltar
nuestras manos delinearon corazones en el aire

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No, no siempre...

viernes, 21 de noviembre de 2008


(Click para ampliar)

O no siempre los genios lo parecen (mierda, esta era más adecuada... en fin, otro día...)

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