Ángel urbano

lunes, 22 de diciembre de 2008

Ya se cae la tarde y aún no pude
sacudirme de encima este cometido de intruso
a la deriva de calles descuidadas de sí mismas
desparramadas sobre su propio cuerpo
de ciudad alicaída
como si la ciudad precisase de alas
como si no le bastase con su juego de esquina
con su punto de fuga de esperanza
con sus alcantarillas
a otras ciudades donde rosa
aún es nombre de flor y no de herida

Quién iba hoy a confesarme
que terminaría mendigando el sentido de la vida
a la desidia de señales que naufragan en bocana
de "no tengo un fierro mi vida
estigma de pasión burrera ya lo sabes"
con una valija apenas de recuerdo
extraviada
como un agreste perro
en la nebulosa de esta ciudad que no termina

Y aunque pude perpetuar este día miserable
noviando la tinta que ahora ya me deja
la violencia del ocaso hiere al fin
inexorable
de romance sus tejados y de lujuria sus esquinas
la ciudad alza así renovado su plumaje
perpetuando con su vuelo nocturno la agonía
de este cometido de intruso de calles
que van a ninguna parte y siempre a la deriva

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La canción de la semana: Across the Universe

Escoger una sola canción de los Beatles es bastante osado: Lucy in the sky with daemonds, Strawberry fields forever, I am the walrus, Everybody's got something to hide (except me and my monkey), Helter Skelter, Get back, Here there and everywhere, Revolution 1 ... los puntos suspensivos son aquí un delito necesario. Escoger una sola canción de los Beatles es sin embargo posible: sólo hay que señalar la que uno quiere. Es más o menos como señalar a tu chica.

Por eso la canción de esta semana es Across the Universe. No sé si es la mejor canción de los Beatles, y ni siquiera me importa. Porque sé que cada vez que siento que algo me supera canto ese estribillo inigualable: Jai Guru Deva Om, Nothing's gonna change my world. Y que luego me siento realmente... de puta madre.

                     

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Borges y Cortázar, según ellos mismos

viernes, 19 de diciembre de 2008

Para los ni argentinos ni filólogos ni aficionados como usted con mano en el hombro de Montoya, Hector Yánover era además de un poeta, un librero de cuando los libreros eran otra cosa y guardaban, bajo llave de tinta indeleble, vínculo estrecho con todos los lectores y escritores que tenían el azar o la fortuna de tratar con los libros que él vendía. Hasta el punto de que a alguno de los que escribían, no a todos porque su tiempo -el de Yánover- era escaso, les grabó un disco, no, no a todos pero sí a los más insignes, pero sí a Borges y a Cortázar, a Cortázar y a Borges.


El Zar dedica su disco a relatos, a qué si no el maestro, a qué si no, si no tenía otra cosa. Pero ni falta, ni falta. Se arranca con una introducción que deja bien a las claras que el carisma de su pluma guarda mucho de la tradición de la boca. Luego se suelta y refrenda con Torito, como si fuese él mismo, como si Justo Suárez el Torito de Mataderos en su cama, improvisando y digiriendo sus recuerdos, abandonado y enfermo ya de tuberculosis. Es relativamente largo, che, pero esa demostración de lunfardo lo merece, el play y el replay tres veces.

Palabras preliminares:

                     

Torito:

                     


A Borges, millones de veces más poeta y ya ciego, le da por un camino más de verso, con alguna que otra prosa lírica. Hay que perdonar la frialdad de los cortes en la grabación a los que obliga el dictado, para así poder apreciar la candidez de la voz siempre generosa del maestro de la literatura y la ironía. De las veintiséis porciones que suman la grabación escojo estas cuatro porque me parecen más de Borges, aunque quizás sean más del otro:

Límites:
                     

Milonga de dos hermanos:

                     

Milonga de Jacinto Chiclana:

                     

Borges y yo:
                     

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Reflexiones en la sala de espera del infierno

jueves, 18 de diciembre de 2008

Le dijo que volvería en seguida. A las cuatro y doce minutos, se lo dijo, mientras la tarde de verano se colaba implacable por la ventana entornada. En olas que pensó estarían acariciando el límite de la invisibilidad. Como cuando escuchas el mar tras unas rocas. Se distrajo largo, esperando el infinitesimal de densidad necesario para que se apareciese. Un océano de sudor bañándole el cuerpo. Pero cada infinitesimal contiene al menos un infinito, y no vio nada.

La cortina bailaba el infierno y en cambio la sábana que envolvía su cuerpo olía a paraíso. Al sexo que se había quedado a vivir sobre ella, como se queda a vivir en todas las cosas. Tenía suerte, el sexo, viajante de cuerpos de gente que no se conoce. Siempre tan bienvenido. En su nombre se dan los primeros saludos, las primeras sonrisas de los bares. Aunque muchos no se atrevan a reconocérselo, necesitan esa medicina de Dios contra la individualidad.

Se levantó y fue hacia la neverita que ella le había señalado. "Ahí hay cerveza". Agarró una, y mientras su cuerpo regresaba al alcohol aprovechó para preguntarse cuánto sería enseguida para esa mujer sin nombre. La experiencia le decía que más que para un hombre, sobre todo si impaciente. Calculó minuto y medio de enseguida común más veinte minutos de enseguida femenino con diez minutos extra de acabo de conocerte. Las cuentas en este punto se complicaban en variantes desconocidas: estado de ánimo, opinión sobre el individuo, causante de la salida. Tardó en resolver la ecuación, ayudado por estimadores insesgados como las dos horas del hola a la cama o el que nunca hubiesen discutido.

El cálculo quedó en cuarenta y nueve minutos, de los cuales veintiuno ya se habían marchado. No se le ocurría qué hacer con su cerveza ya vacía, su móvil sin batería, la soledad y los veintiocho minutos restantes. Había una televisión en el cuarto, pero la idea de pensar una cosa de manera simultánea a millones de personas le aterraba. Realmente deseaba marcharse, pero no quería que la muchacha pensase que no había valido para él siquiera un enseguida.

Agitó el paquete de lucky olvidado sobre la mesilla de noche. Aún quedaban algunos. Se acodó sobre el alfeizar de la ventana y colocó uno entre los labios. No tenía fuego, pero estar así le recordaba cuando aún era un crío y fumaba. Y aquellas victorias sobre otros alféizares que se mezclaban con el de ahora. Rememoró las palabras de su barman de cabecera, que tantas veces le había llevado a casa:

"Para ganarte una mujer solo tenés que beber con ella. Pero beber, beber hasta el naufragio. Cuando despertés el amanecer ya estará de tu parte. Convidala al desayuno. Y si ella te gusta realmente, convidala además, en alguno de los años siguientes, a que se case con vos".

Había seguido el consejo. Prendió el siguiente con el pucho imaginario del anterior mientras trataba de recordar qué coño hacía entre esas cuatro paredes. Supuso que le gustaba perder cosas, sentarse a la orilla de todo. Y una vez allí, pese a que ni él ni la pena lo mereciese, volver. O marcharse. Esta vez, pensó, volvería. Se pondría la ropa y saldría de ese infierno de culpa. Y nunca más se marcharía de ella. Y todo estaría bien. Pese al frío. Un frío que sí podía verse.

Abrió la puerta. Allí estaba la desconocida sin nombre, que sentía haber tardado tanto. Miró el reloj, cuarenta y siete minutos, en realidad llegaba pronto. La besó. Y sobre el suelo, paulatinamente, los cuarenta y siete minutos se fueron perdiendo entre los minutos siguientes, entre las olas de calor invisible, entre los gemidos del sexo que se había quedado a vivir sobre todas las cosas. Y nadie volvería nunca a saber una mierda de ellos.

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El beso

martes, 16 de diciembre de 2008

Todas las mujeres viven en el instante de tu boca
y tu boca cruza una boca y una boca cruza tu boca
y tu boca
se abre rota contra un azar inconsciente
que yace sobre la mía

un ahora salvaje grita
con agonía un para siempre
entre tu bo...

(deja que las palabras vuelen
lejos
ya tratarán de acercarse
ciegas
arriesgando nuestros
labios
como vulgares poetas)

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La canción de la semana: Unsatisfied

"Estoy tan insatisfecho", aullaba Paul Westerberg allá por el año 1986, en un disco de nombre guasón, Let it be, de una banda de nombre con aún más guasonería, The Replacements. Los sustitutos, pues ya ningún dueño de bar se atrevía a contratarlos, testigos de sus desastres etílicos sobre el escenario, para que cantasen medio minuto "Odio la música, tiene demasiadas notas" y se liasen a trompadas con un espectador o entre ellos mismos...

Pensad en The Replacements como un eslabón perdido entre el viejo rock y el grunge. Como una mistura de Creedence bajo electroshock y Stones sin habilidades comerciales, pasados por el filtro maldito de Big Star. Diseñados para fabricar riffs minimalistas y perfectos que les ganarían el crédito eterno, aunque siempre a posteriori, de bandas como Nirvana (Nevermind es una canción de The Replacements), Hüsker Dü, Pearl Jam o They Might Be Giants (quienes compondrían "We're The Replacements").

Las discográficas pensaron que tenían el contraste perfecto con R.E.M. para cazar fortunas. Pero no, The Replacements se autodestruyeron en un remolino de Wiskie (alguno de ellos lo lograría en el intento), y por el camino Paul Westerberg, un salvaje iluminado que ejercía las veces de líder indiscutible, iría descubriendo que prefería buenas melodías y letras al hard-core con el que habían comenzado a finales de los 70. Siete discos más tarde, ya en 1990, todo había terminado. Pero la leyenda de Paul Westerberg y su banda no hizo más que crecer desde entonces.

“Nuestra victoria fue fracasar de todas las maneras posibles”

Hubo un momento que pasó a la posteridad como síntesis del legado personal de la banda. Westerberg, frente a una cámara, exclama de repente: “El gran secreto para escribir grandes canciones es...”. La reportera que lo entrevistaba grita nerviosa que se ha quedado sin cinta, introduce un nuevo cassette en la cámara y Westerberg repite: "El gran secreto para escribir grandes canciones, lo que todo songwriter debe saber, es...". La chica, al borde del llanto, grita que la cámara no funciona, que cree que se ha roto. Westerberg sonríe con un puro en la boca, mira a pantalla e insiste: "El gran secreto...". La imagen se funde entonces a negro. Unsatisfied:

                     

(Texto basado remotamente en este artículo, que está escrito como el más genuino de los culos)

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Poemas de autobús

lunes, 15 de diciembre de 2008

Como cada mañana Chema viajaba sentado al lado de su amigo César. Y como cada mañana el autobús universitario se detuvo en la parada de Juan Flórez, en la que como cada mañana Verónica García subiría con el pelo revuelto de viento y los ojos azules enormes cubriéndole toda la cara.

César miró a su compañero para repetirle la frase que correspondía a la rutina aprendida en series interminables de mañanas como esa:

-Mira, mariquita, ahí está.

Chema, animal no de costumbres pero lo mismo acostumbrado no levantó la cabeza. Nunca lo hacía hasta que sentía la proximidad del infinito azul de Verónica García. Entonces sonreía y decía un hola siempre demasiado tímido. Y ella le respondía una ola casi siempre forzada en exceso. Pero esta vez bajó la mano, impulsiva pero segura hasta el bolsillo para extraer una de las tarjetas que adentro le bailaban.

¡Rash!

Arrancó una hoja y sin mirarla la tendío frente a su paso. Ella, demasiado aletargada para cuestionar cualquier acto la agarró y continuó con su mudez hacia la última fila.

-Mariquita, te acabas de cargar un libro. ¿Y qué coño es? Un libro de poesía. Dioooos, jajajajajaja. No puede ser, le has dado una poesía a esa chica. Tío, de verdad, no tiene ninguna pinta de importarle una mierda todo ese rollo de poeta que te gastas. A partir de ahora para ella eres un friki.

-Lo sé.

-¿Entonces por qué coño lo has hecho?

-Lo bonito de los gestos es que no sirvan para nada. Así, libre de pretensiones y utilidades, lo único que de ellos vale es el propio gesto. Y sólo entonces puede valer algo.

-Lo que tú digas, mariquita. Lo que tú digas.

Mientras tanto en la parte de atrás, Verónica desdobló el miembro mutilado del libro de Paul Celan con cierta curiosidad. Y leyó.

ELOGIO DE LA LEJANÍA

En la fuente de tus ojos
viven las redes de los pescadores de la mar del extravío.
En la fuente de tus ojos
el mar cumple su promesa.
Aquí arrojo yo,
un corazón que se detuvo entre los hombres,
mi ropa y el esplendor de un juramento:

Más negro en lo negro, más desnudo voy.
Sólo infidente soy fiel.
Yo soy tú si yo soy yo.

En la fuente de tus ojos
desvarar suelo y sueño un rapto.

Una red prendió una red:
nos separamos enlazados.

En la fuente de tus ojos
un ahorcado estrangula la soga.


Y al final del papel, en un garabato con prisa, la brevedad de una nota:

Ya me los sé de memoria

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