Veréis, el mío es un reino de constelaciones cosidas a castillos en el aire. De fronteras que se extienden hasta que se hacen daño y entonces se recogen como un niño en cualquier tipo de refugio: una pelo, un bolsillo, una palabra... de caminos que se cruzan con los de cualquiera abarcando innumerables escondrijos repletos de botines y riquezas, donde un beso siempre es un tesoro y una palabra siempre es mágica y correcta.
Sus poemas tienen la fuerza de una ley y sus leyes la fuerza de un poema, por ejemplo
"Amarás sobre todas las cosas sobre la hierba, sobre la cama, sobre la arena..."
y bajo todas, en ellas corazonada rima con certeza, hambre con piel, dolor con nada. Cada vez que atardece en mis dominios se edita una novela de amor para leer hasta que brillen las estrellas. Todas tan buenas que en mi reino nadie está dispuesto a que le devuelvan el dinero. Todas ellas basadas, hasta la última letra, en hechos reales.
El mío es un imperio llano porque el amor movió hasta el borde todas y cada una de las montañas. Una recua de caballos blancos que cabalgan hasta que les salen alas. Un arsenal de espadas de chocolate que no permite librar guerras en verano ni privar a nadie de una muerte dulce en primavera.
Yo digo que mi reino es suyo. Que todo lo que ve es mi reino. Y ella responde que me calle y duerma, que no soy el rey de nada. Y así mi reino se va secando. Porque las tormentas de mi reino son tan perfectas que no pueden llorar sin sus caricias.
Pero árido, marchito y débil... mi reino sigue siendo un reino.
What killed the dinosaurios? Preguntas mientras clavas en mi pupila tu pupila azul. ¿O quién? ¿Tú misma, un meteoro, una erupción volcánica? ¿Murieron uno a uno apuñalados o fueron víctimas tempranas de una súbita y calculada exterminación?
José Ángel Valente
Tejo un corazón con las manos, deseo engancharme los dedos con la aguja y sangrar un poco, sólo un poquito, en un espectáculo controlado del que pudiese despertar. Pienso en momentos autodidactas que olvidan los movimientos estudiados durante horas. Pienso en abandonar un cuerpo sobre la red de seguridad, arropado por el suspense que precede a los gritos que se ahogan en mi carne. Porque estoy hecho de apuñalamientos, trocitos crudos tejidos con la misma aguja que sostengo y que a veces, a falta de aliento, mancho de tinta y palabras dulces.
El basta no sale, se queda dentro de las brazadas, acariciando el umbral de los dientes como una lengua fría, un pez viscoso remontando un río de lava, un pájaro de lava remontando un vuelo viscoso. Las venas se me bifurcan sobre el cielo, se me agitan, ramitas que hacen crack y caen al suelo entre las hojas. Los ahoras se vuelven, uno a uno, como enormes dinosaurios indefensos, o nuncas.
Abandono un cuerpo sobre la red. Y digo de seguridad. Y sé a lágrima. Y sé que el tintero es mucho más oscuro que el mar, profundo que los pulmones, seguro que el abrazo que podría definirme en trocitos crudos más rojos que el corazón de tela que puedo sostener con las manos sin sostener el aliento. Y me bebo todo de un trago, como un chupito de cicuta.
“la chair est triste, hélas! et j’ai lu tous les livres fuir! là-bas fuir! je sens que des oiseaux sont ivres”
Stéphane Mellarmé
“porque de la palabra que se ajusta al abismo surge un poco de oscura inteligencia”
Enrique Lihn
ojalá las polillas me devorasen como a una bombilla incandescente. parecería una amenaza entre sus alas, algo salvaje golpearía mis cristales sin rozar el filamento que te nombra.
deja de mirarme y toca. estoy cansado de alumbrarte, necesito sentir cómo te duelo.
me iré dejando sólo los insectos. y el mejor poema que conozco en un lugar de la Coruña donde sólo tú sabrías leerlo. tu nombre, amiga mía, sobre el viento.
me hablaron de dominar el mundo, me dijeron que yo era inteligente
tenía que abrigarme mucho porque, como cualquier catarro, lo primero que ataca el amor son los pulmones
y yo que prefería contagiarme, sentir uno tras otro cada síntoma, soñar constanemente cada fiebre, chupar todo lo que amaba, morder lo que no quería que se fuese, aspirar como cualquier otro niño al calor que prometían las cerillas
lloré hasta purgar todo el aire y convertirme en un organismo decadente, un parásito del dolor que transpira a través de todos los abrazos, un coronel que lanza sus pájaros rojos en un ataque frontal por latido que no deja ninguno en retaguardia, un rebelde sin otro dominio que el mundo que gira dentro de su boca
un enfermo que desecha la eutanasia, una agonía de sustancias que se reponen cada vez que el aire que se marcha, mordido y lleno de saliva, vuelve como un perro hasta su casa.
porque no hay en esta vida, cariño, efectos especiales ni presupuesto para comprarle al amor un escenario el tiempo no se detendrá, no lo hará por nosotros que apenas tenemos garantizada la supervivencia de esas cosas tan pequeñas que caben entre las manos: el sol, nuestras mejillas, temblando aquella noche... no, las huellas de nuestro sudor -jugábamos, te acuerdas, a adivinar de quién era cada gota y concluíamos entre risas que todas eran nuestras- se terminarán secando, da igual cuánto tiempo hagamos el amor, ningún grito detendrá mi nombre para siempre entre tus labios, ningún abrazo detendrá en una sola nuestras pieles, estamos condenados a dibujar nuestras iniciales en todas las puertas, nuestros secretos en todos los escondites, nuestras despedidas en todas las esquinas y nuestras sonrisas en todas nuestras bocas, una con otra, a agotar cada segundo, todos los días, intentándolo porque nuestros corazones juntos no dejan de partirse nunca
de risa, porque la mejor no tiene por qué ser la última y eso no hay reloj que lo detenga
"fetiche. m. Ídolo u objeto de culto al que se atribuye poderes sobrenaturales, especialmente entre los pueblos primitivos."
desde niño he buscado la complicidad con los cristales rotos, las ventanas abiertas, los acantilados con el mar de fondo... hablo de esa intimidad, tan propicia para masturbarse y soñar con los besos de la del pupitre de al lado que dan los azulejos blancos de los baños del colegio
del poco tiempo que pasa hasta ese otro aseo en que una mujer de más de treinta años te susurra detalladamente que primero vas a comerle el coño
comprobar que no eres un suicida requiere romper muchas medias y puede costar una adolescencia
precisamente es la certeza de que mi vida vale menos la parte de envejecer que más me gusta, las formas se perdieron entre la carne, la necesidad de toboganes nunca ha muerto, las cicatrices se volvieron amuletos, el dolor no era para tanto y cuando creía que lo había visto todo el corazón se me perfila entre sus labios amenazando con ser más que una metáfora
un dibujo que hacía con plastidecor cuando mis manos no conocían el tacto húmedo de la licra
y esto no se cura con cerveza... me siento como una locomotora sin vagones haciendo traca traca hacia el oeste, escapando por los pelos del invierno