De cine, de amor y de vida

martes, 26 de agosto de 2008

El cine tiene mucho de amor. Al principio abruma y supera. Después es una conquista, mortal hacia delante. Luego una exploración en círculos concéntricos. Y cuando caen los trucos, la magia no desaparece. Es lo grande del amor, del cine, del arte.

Ese regresar constante, ese olor a hogar inexplicable de algunos cuerpos, también está presente en algunas películas. Todos tenemos las nuestras. Recordamos involuntarios sus diálogos, adivinamos el siguiente plano y sin embargo ahí estamos, de nuevo, acudiendo a ellas como amantes arrepentidos.

Aún así, entre todas existe una relación constante. Novelas, poemas... son libertad absoluta, productos en esencia egoístas. En cambio el cine se debe a una audiencia. Está obligado a entretener, a ser aceptado.

Por eso todas las películas son: nudo, desarrollo y desenlace. Tres tiempos heredados del teatro. Inquebrantables. Una fórmula única que bebe mucho de la estructura de la vida. Porque vivimos en los demás. Como dijo Pasternak: el alma va por fuera.

Porque también nosotros debemos, tras una exploración introductoria, plantear un conflicto dramático que nos permita existir. De conflicto en conflicto. Y desenlaces sucesivos hasta el definitivo.

El cine enseña mucho de todo esto. Haced un experimento. La próxima vez que veáis una película, fijaos en el contador temporal. Supongamos una duración media: dos horas.

A la mitad de la primera, prestad atención. Oscilando en torno al minuto número treinta, a veces un poco antes, en ocasiones algo después, se plantea un conflicto. Invariablemente. El protagonista conoce a una chica, surge un obstáculo que ha de superar... Relajaos.

Al transcurrir la primera hora, volved a prestar atención. Veréis como siempre se produce más o menos sobre el minuto sesenta un giro argumental. Lo que era ya no es, lo que parecía se desvanece, nuevos datos aparecen de golpe, algo ocurre y ese algo definirá el final. Seguid observando.

Así llegaréis al minuto noventa, en el que se levanta la trama. Los últimos treinta minutos son un mundo aparte. El desenlace de la película.

Y siempre es así.

Exposición, nudo, desenlace. Exposición, nudo, desenlace. Exposición, nudo, desenlace. Media hora, una hora, media hora, aproximadamente.

De modo que ante las circunstancias de la vida, recordad mirar el reloj. Porque tras el conflicto llega el giro medio, y desde el giro medio se construye el desenlace. Y el tiempo corre. No lloréis cuando las cosas se acaben. Aún os quedan innumerables. Innumerables introducciones, nudos y desenlaces. Hasta que dejéis de rodar. Así es el cine. Así es el amor. Y así es la vida. No hay más. Una estructura vestida de giros argumentales. Pero cuando se descubren los trucos no termina la magia. Simplemente, habéis entendido la película.

Sólo un garabato ¡Deja otro!:

Laura Virtual dijo...

Si la vida se siñera a un guión... bastarían unas nociones básicas de gramática cinematográfica para dar giros inesperados, cambiar de género y hacerla más entretenida.
Pero casi todo el mundo prefiere vivir como espectador y no asumir que somos los directores.
Saludos,
Laura

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